Adelanto del capítulo 19 de la Segunda parte

Se fueron a un garito de primera hora. A mi hermano le bastaron escasos minutos en ese sitio para saber el efecto que tenía su camisa de alta eficacia con los pantalones rojos: ¡atraía a las viejas! Bueno, siendo más correcto a las chicas algo mayores que mi hermano, es decir, de entre 35 y 40 años. Se le acercaron varias. Él, habiendo escarmentado, se cuidó mucho, por muy guapas que fueran, de no preguntar por qué estaban solteras a su edad, para evitar que le dijeran que estaban viudas.

Fue la vez que más claramente se vio el efecto de la combinación. Tanto fue así, que Quero le preguntó:

—Pero ¿qué te pasa hoy con las cougars?

Y mi hermano confesó lo de los pantalones.

—Ja, ja. Lo de que a las venezolanas les gustaras con los pantalones amarillos con la camisa azul podía colar porque igual los colores les recuerdan a su bandera —razonaba el Galgo—, pero ¿por qué les iba a atraer a las matures que lleves pantalones rojos?

—Y yo qué sé, igual les recuerda que se les acerca la menopausia y les entra la presión.

—Ja, ja. ¡Qué bestia!

—O igual es que los pantalones rojos parecen de ricachón —propuso Mufo.

—Ja, ja. Pero ¿es la primera vez que te pasa? Porque igual es por algo de la bandera de Cantabria.

—Eso sería si llevara camisa blanca, ¿no? Y me serviría también para ligar con polacas.

—Y con groenlandesas, ja, ja. Según vas ahora, si la teoría vexilológica es cierta, podrías ligar con eslovacas, eslovenas, rusas, quizás checas y chilenas.

—Me faltaría el blanco.

—Bueno, el blanco lo pone tu cara, que no es que seas muy moreno que digamos.

—Como mucho ligaría con liechtensteinianas, haitianas o con birmanas nostálgicas. De hecho, ahora que me acuerdo, ¿sabéis lo de Haití y Liechtenstein? Que descubrieron que sus banderas eran iguales en las Olimpiadas…

—Juegos olímpicos —le corrigió Quero—. La Olimpiada es el lapso de tiempo entre unos juegos y otros.

—Cierto, perdón. Pues descubrieron que las banderas de ambos países eran iguales en los Juegos Olímpicos de 1936 en Berlín, los de Jesse Owens, y para distinguirlas decidieron poner una corona en la bandera de Liechtenstein. Pero, vamos, que lo de hoy es exagerado. O ha venido una excursión del IMSERSO de Liechtenstein o algún efecto raro tienen mis pantalones en las maduritas cántabras.

Al margen de estas reflexiones vexilológicas, la noche también dio para que mi hermano hiciera otra de las suyas. Cuando bebe lo suficiente, mi hermano empieza a dirigirse a todo el mundo diciendo «tú, tú» (quizás producto de que el alcohol le libere de su manía de llamar de usted a la gente en general). También dice mucho «¿sabes qué pasa?» cuando bebe, como para dar emoción a lo que va a decir. En esta ocasión estaba abusando exageradamente del «tú, tú». Tanto que él mismo se dio cuenta y le dijo a una de las maduritas que le rondaban, con la que hablaba en ese momento y a la que no paraba de decir «tú, tú»:

—Oye, perdona que te diga tanto .

La madurita, algo enojada y confusa, contestó:

—Oye, que te saco unos años, pero me puedes tratar de tú, no vayas a tratarme de usted. Ni se te ocurra.

—Ah, no, si no digo eso. Es que cuando bebo digo mucho «tú».

Todo arreglado.

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