Adelanto del capítulo 4 de la Primera parte

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En ese mismo viaje, pero la primera noche, fue cuando estuvo a punto de tener lugar una aventura como las de Julio Verne, que mencioné en la primera parte. Al salir de la discoteca, fueron todos a la playa a darse un baño y vieron los míticos patinetes que mi hermano llama pedalímetros aunque tienen diversos nombres técnicos como hidropedal o velomar. Óscar y mi hermano estuvieron intentando hacerse con uno, pero no se podía porque estaban encadenados unos a otros. Tendrían que esperar a que viniera el encargado. Entonces tuvieron la fantástica idea de subir a casa a quitarse la ropa de salir y ponerse el bañador y pertrecharse para hacerse a la mar y correr una aventura precisamente como las de Julio Verne, o, mejor dicho, como las narradas por Julio Verne. Subieron todos a casa y mi hermano y Óscar intentaban convencer al resto:

—Venga, dejémoslo todo y hagámonos a la mar.

Mi hermano le decía a Chindas:

—Pero, Chindas, no te puedes perder esto. Va a ser una aventura como las de Julio Verne.

Al final bajaron los dos solos, haciendo por el camino recuento de todo lo que dejaban atrás en sus vidas y llenándose de gozo de ser tan valientes de dejarlo todo, de afrontar la crisis como los antiguos valientes que hacían las Américas. Llevaban incluso una gorra de capitán de barco (la típica gorra de plato blanca con escudo bordado y visera azul marino) tomada prestada de Alfonsito, que siempre se la pone en los viajes cuando conduce, como Robert de Niro en Los padres de ella.

—Surcaremos los mares hasta encontrar otra tierra —proclamaban a los cuatro vientos—. Quizás Italia…

—O tal vez África si nos desviamos.

Se dieron cuenta de que no habían bajado comida, pero no sé dónde habían oído que había lo que supongo que sería una batea o mejillonera, pero que ellos llamaban una escuela de mejillones y decidieron que pararían ahí a aprovisionarse:

—En la escuela de mejillones cogeremos suministro para el viaje y ya no haremos parada hasta avistar tierra.

No obstante, al llegar a la playa, la aventura se truncó porque no había llegado aún el encargado. Aun así, se subieron a uno de los velomares y empezaron a cantar la canción de Perales:

—Y se marchó, y a su barco le llamó «Libertaaaaad» y en el cielo descubrió gavioooootas y pensó «hoy debo regresar».

La gente les miraba.

Para hacer tiempo se dieron un paseo por la playa. A mi hermano como siempre le mosqueaba que hubiera tanta gente a esas horas (serían las 8 de la mañana) y sugirió a Óscar hacer una encuesta para comprender por qué estaba la gente ahí a esa hora, si es que volvían de fiesta o si es que habían madrugado ex profeso para venirse a la playa y coger sitio, aunque no era aquella una de esas playas en las que es imposible poner una toalla más allá de las 11.

Obtuvieron respuestas varias. Los jovenzuelos que habían ido directamente de fiesta se ponían raros, creyendo que mi hermano y Óscar eran policías (probablemente por la gorra de capitán) y les fueran a hacer un control de alcoholemia. Las señoras mayores por su parte aprovechaban para contar sus vidas, diciendo que llevaban años despertándose a esa hora para bajar, que si sus hijos ya no iban pero ellas seguían bajando. A la vez miraban detrás de mi hermano y Óscar para ver si había cámaras y las estaban grabando para la tele. Los señores mayores por su parte presumían de bajar a andar todos los días y hablaban hinchando los músculos en una postura parecida a la de un puercoespín sacando las púas o a la de Picachu echando rayos. Todo un estudio sociológico.

Así se recorrieron toda la playa sin que al volver hubiera abierto todavía el puesto de hidropedales. Por suerte, el encargado de la zona de las tumbonas de al lado estaba abriendo y, exhaustos como estaban, decidieron dormir ahí. No les quedaban fuerzas para volver al piso de Alfonsito. Para ahorrar cogieron dos tumbonas pero una sola sombrilla, viendo que esta les cubría enteros con su sombra, sin caer, claro, en la cuenta de que el sol se movería y la sombra les abandonaría. Con las prisas y la emoción tampoco habían cogido crema. Óscar, que durmió peor, fue adecuando su posición a la sombra y tratando de mover a mi hermano, quien dormía como choto recién amamantado, para que no se quemara. Mi hermano, por si acaso se había tapado todo el cuerpo con una toalla y la gorra de capitán le tapaba la frente. Pero todas aquellas precauciones no evitaron que se abrasara la cara, de nariz para abajo. Parecía al despertarse Rudolph, la bandera de Polonia o un borrachín de película antigua.

Cuando fueron encontrados por el resto, que habían dormido en casa de Alfonsito, estos se alarmaron por el color de la nariz de mi hermano, pero se rieron. Después mi hermano y Óscar les contaron toda la aventura. Sano, analizando la situación, les dijo:

—¿Os dais cuenta de que verdaderamente podríais haber venido a Candidia sin Alfonsito? —percatándose de que la casa de Alfonsito solo les había servido para dejar las maletas, las cuales bien se podrían haber quedado en el coche.

—Ja, ja. Pues sí —convino mi hermano—. Y encima yo he dormido fenomenal. Si no fuera por la nariz… Y las hamacas —palabra que muchas veces mi hermano usaba en vez de tumbonas— creo que han sido cinco euros cada una más cinco de la sombrilla.

Mirando a Óscar le dijo:

—Otro finde venimos sin Alfonsito.

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