Adelanto del capítulo 4 de la sexta parte

Llegaron a Julióbriga, se comieron un bocadillo en un sitio de esos en los que puedes elegir tus propios ingredientes, cogieron las maletas, se despidieron de los padres y se dispusieron a partir.

En la despedida el padre amenazó a mi hermano con escribirle con dudas y mi hermano no tardó ni un segundo en darle su WhatsApp. No era el primer padre de amiga que le escribiría por ese medio. El padre que le llevó a visitar nichos familiares también lo tenía, por ejemplo. Y mi hermano le mandaba fotos de chapas de botellas de champán para su colecicón. Antes de montarse en el coche, mi hermano pidió si alguien podía conducir al menos un rato porque entre unas cosas y otras no había tenido tiempo de examinar bien el códice. Seguramente lo que quería era cuidar de su bebé. Mufo se ofreció sin problemas. Y así, maletas en el maletero, partieron.

Con el examen profundo del códice, mi hermano empezó a darse cuenta del valor de la obra.

—Joé. Si es que aquí se puede ver claramente la transición entre el latín y el español. Muchas de las formas que se suponían posibles están aquí. Con esto no hace falta mirar jarchas.

—Libertad, libertad…

—Pero ¿y cómo sabes que es ya castellano y no latín?

—Porque en muchos casos viene un texto en latín y luego la traducción. Y hay un diccionario latín-castellano.

—¿Y de qué va el libro?

—Pues parece que cuenta historias de pueblos de la zona. Y luego se mete con el vasco. Justo ahora estoy viendo que habla de que los vascos eran un pueblo que emigró desde la península Ibérica a África, pero que luego volvieron. Eso explicaría muchas cosas como por qué guarda similitudes con el ibérico y por qué a su vez se ha relacionado con lenguas africanas como el dongo. Pone aquí algo de que huyeron de los Wagadou. Lo cual era de Ghana o Mali.

—Será de Burkina Faso, ¿no? Por la capital —sugirió Quero.

—A saber. El caso es que la idea de que el vasco era como el japonés no es cierta. Ibérico mezclado con lenguas africanas.

—O sea que la vasca era descendiente de negros.

—Bueno, a ver, sus antepasados pudieron vivir en África.

A Quero se le veía un poco meditabundo y pronto se supo por qué, cuando preguntó:

—Oye, ¿cuál era la capital de Mali?

—¿En aquella época? —inquirió mi hermano.

—No. Digo ahora.

—Ah. Pues… ¿en serio no sabes cuál es la capital de Mali? —respondió mi hermano con un perverso «ah, pero que no sabes»—. Bamako. Que creo que significa ‘caimán’ en bambara.

—Es verdad.

—No me creo que os sepáis también los significados de las capitales. No os basta solo con sabéroslas.

—Ja, ja. No de todas. Pero para algo que me gusta —se justificó mi hermano—. Y a ver, la de Ghana ¿cuál es?

—Acra.

—Y ¿qué significa?

—Ni idea.

—Hormigas, creo. En lengua… No me acuerdo del nombre. Akran o algo así.

—Yo me sé lo que significa Camerún.

—Ja, ja. Es que ese es fácil.

—Significa camarón. Suena igual.

—Camerún de la Isla —dijo Mufo.

—Capital Yaundé —participó el Galgo arreglando lo dicho por Mufo.

—¡Muy bien! Aunque es que esa es de las más fáciles.

—También es fácil el significado de Kiribati.

—Es la pronunciación autóctona del nombre del explorador Gilbert.

—A este se lo comieron los caníbales, ¿no?

—Creo que fue a Cook.

—Eso tendría más sentido, claro. Si le cocinaron.

—Je, je.

—Pero eso fue en Hawái, creo. Luego molan mucho Bahrein, perdón, Bahréin, y Comores.

—Ja, ja. Perdón Bahréin, ¿por qué?

—Porque lo había dicho sin tilde.

—Ja, ja. ¿Qué diferencia hay? Si lo habías pronunciado con acento igualmente en la e.

—Ya, pero en mi representación mental no le había puesto la tilde.

—Ja, ja. Bueno ¿y qué hay de interesante en esas? ¿Las capitales?

—No. El significado. Las capitales son fáciles. Sobre todo la de Comores, que es Moroni. El país y la capital son como palabras encadenadas, -mores, moroni. Es la misma regla que uso para saber que la capital de Vermont es Montpelier. Pero lo que mola es el significado. El de Comores tiene que ver con kamar, que es ‘luna’ en árabe. Creo que por eso tiene una luna en la bandera. Y Bahrein viene de bahr, que es ‘mar’ y la terminación ein que es la dual, que significa dos. Lo del dual ya lo explicaré otro día, pero, vamos, es que hay lenguas que igual que nosotros tenemos singular y plural, tienen terminaciones especiales para cuando son dos cosas, lo que se llama el dual, o tres cosas, el llamado trial.

—Como Jordi Tarres.

—Sí, o Toni Bou. Es como si en vez de una s, ponemos una f y decimos casaf para decir que son dos casas.

—¿Como el de Nessun Dorma?

—Ese era Calaf.

—Ah.

—Y en algunas lenguas hay hasta cuadrial para cuatro cosas. Y también para cuando son pocas cosas, existe el llamado paucal. A mí desde que supe lo de dos mares no se me olvida que Bahréin es una isla y así lo distingo mejor de Brunei, perdón, Brunéi…

—Ja, ja. ¡Qué pesado!

—…y Bután, aunque muchas veces me hago un lío entre las tres. También mola lo de Eritrea. Al saber que eritro es rojo en griego, se saben muchas cosas. Una, que a Eritrea la baña el Mar Rojo, otra, por ejemplo, que los eritrocitos son los glóbulos rojos.

—¿Y cómo era lo de Pakistán que me explicaste un día? Lo del concurso.

—Ah, pues que hubo un concurso para elegir el nombre del país y ganó uno que propuso el de Pakistán, formado por las iniciales de las regiones Punjabi, Afgania, Kachemira, no sé cuál con s, sé que es donde está Karachi, y la terminación de Beluchistán, creo, o no sé si era el mítico –stán normal de todos los países de por ahí.

—Cierto.

—Pero esto se lo conté a un taxista paquistaní en Nueva Isla y me dijo que era mentira. A saber.

—Ja, ja. Tú y los taxistas. El día que no te quieren cobrar más por un pedo, les intentas llevar de fiesta o les pides que te dejen acompañarles para que se te pase la borrachera.

—O les dices que sigan a otro taxi y luego cambias de objetivo al ver a uno lleno de shicas.

—Je, je. Anda que no tengo historias con taxistas. Menos mal que la mayoría se me olvidan porque los cojo cuezo.

—Lo malo es que a ellos no se les olvidan.

—Je, je.

Entonces mi hermano miró al Galgo y a Mufo y vio que Mufo iba concentrado al volante y el Galgo aprovechaba la bendición de que existieran herramientas como el WhatsApp para poder ir hablando con otras personas, que, si hubiera tenido que seguir toda la conversación de los de atrás igual se tendría que haber tirado en marcha, como mi hermano de la tirolina. Aprovechando la circunstancia, mi hermano siguió atacando a Quero en intimidad:

—Oye, y por cierto, Quero, ¿qué puedes decirme de los rorcuales?

—ja, ja. Pues que son cetáceos misticetos como las ballenas, de hecho, son los más abundantes. También son rorcuales las yubartas. ¿Por qué lo preguntas?

—Ah, porque me preguntaron el otro día en el Trivial que a qué archipiélago migraban y supe de chiripa que era a Hawái —con tilde.

—Y yo justo leí el otro día algo de tu campo, relacionado con Hawái.

—¿De qué campo?

—De lingüística.

—Ah. ¿El qué?

—Que en hawaiano solo hay ocho consonantes.

—Sí. Hasta me sé cuáles. Un día conseguí sacarlas a partir de palabras que sabía del hawaiano.

—¿En serio? Mola. A ver… Hawái. Ahí ya va la hache y la uve doble. Oye —les dijo al Galgo y a Mufo—, apuntaos a esto que mola.

Y les explicó el objetivo.

Mufo dijo:

—Ajá.

El Galgo recordó:

—¿No había un bar hawaiano en Monsácar que se llamaba el Waikiki?

—Sí.

—Ahí ya va también la ka.

—Y Mauna Loa es un volcán. Zasca. Ahí me he quitado la eme, la ene y la ele.

—Quedan dos. También teníais la eme en Maui.

—Cierto. Luego de aloha ya están todas. De Honolulu también. De Oahu igual.

—Os falta una consonante fácil y otra que no vais a poder sacar, pero esa os la digo luego.

—El otro volcán es Mauna kea. Nada.

—¿Cómo era gracias?

—Mahalo.

—Nada.

—¿Os la digo?

—Sí.

—La pe.

—Ah.

—Estaba pensando, pero no se me ocurre ninguna palabra hawaiana con pe. He pensado en hula hop, je, je. Pero eso vendrá de hoop en inglés. Y la otra consonante, la que no podéis sacar, es una que se pronuncia como con la garganta.

—Curioso.

 Aprovechando por fin un silencio, el Galgo valoró el viaje:

—Bueno, no ha ido mal la cosa, ¿no? Nos lo hemos pasado bien y no hemos encontrado lo que buscábamos, pero hemos encontrado algo bueno, quizás mejor. Y encima Jaime se va a hacer famoso.

—Yo no me quiero hacer famoso por haber encontrado algo y menos si lo he encontrado de chiripa. Yo en mi vida quiero hacer algo que nadie más pudiera haber hecho.

En estas palabras empezaba a vislumbrarse el determinante discurso que daría a los días mi hermano.

—Y encima hemos gastado bastante —se lamentó Quero, que recordemos que había dejado el trabajo, instigado por mi hermano. Y citando a Zazú dijo—: Como mi padre se entere de que me he gastado 500 euros y encima no he foll…, ligado, me va a dar con la zapatilla.

—Ja, ja, ja. Bueno, tampoco ha sido tanto.

Para pasar el rato se pusieron a jugar a uno de sus juegos. Se trataba de encontrar nombres de futbolistas en cosas que fueran viendo por el camino: en camiones, fábricas, restaurantes y demás. Tenían que ser jugadores en activo y ser conocidos.

—Ramos —dijo Mufo al ver el nombre en un camión de flores.

—No vale. Tienen que ser nombres completos.

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Adelanto del capítulo 12 de la Segunda parte

Mi hermano sabía todo esto porque en los ratos libres mientras escribía la tesis, en su afán por saberlo todo, considerando que al menos había que saber leer los alfabetos de las lenguas, si no la gramática, se los estuvo mirando en la Wikipedia. Se estudió justamente esos dos y el devanagari, además del cirílico, el coreano, el hebreo y el árabe. No se acordaba ya casi de lo que representaba cada símbolo, pero al menos sí podía más o menos identificar a qué alfabeto pertenecían. Lo peor de todo es que cuando empezaron a mirar las posibilidades, resultó que, como luego veremos, había acertado.

—¡Buf! —exhaló Mufo sabiendo la que se le caía encima—. ¿Y ahora hay que ponerse a buscar alfabetos y a mirar letra por letra?

—Pues sí.

—¿Cuántas letras tendrá cada alfabeto?

—Eso no lo sé —confesó mi hermano.

—Pero ¿más o menos? A ver, por ejemplo, ¿cuántas tiene el abecedario español?

—Eh…  —Mi hermano dudó y se le subieron un poco los colores—. Pues…

—¿¡Cómo!? —corearon todos maliciosamente, sabiendo que le habían pillado en algo básico.

—¿Que no sabes eso tú que tanto dices saber de gramática?

Y aunque es verdad que no es un dato que demuestre lo mucho que uno sabe de gramática, es la típica cosa que cualquiera que presuma de ser un experto en lingüística debe saber, al menos de su lengua. Es una cosa de primaria. A mi hermano le sentó mal, como le sentaba mal no saber las cosas que se podían aprender solo con echar un vistazo a un libro o teniendo mejor memoria, porque estaba seguro de que alguna vez lo habría leído. Para salir del paso puso una excusa barata:

—Bueno, aparte de que esto no es gramática y de que yo nunca digo saber de gramática sino todo lo contrario, la cosa es que me lío con lo de que quitaran la ch y la ll.

—Son 27 —informó Mufo, que ya lo había buscado—. Lo vamos a flipar.

Adelanto del capítulo 4 de la Quinta parte

—Del jabalí se pueden decir muchas cosas interesantes.

—Se puede aprovechar todo, como de los cerdos.

—Más o menos. La primera es que el nombre viene del árabe, donde yabal significa ‘monte’. De aquí el Yabal al Tariq, monte de Tariq, que es el origen del nombre de Gibraltar…

—Español —completó Mufo.

—¿Qué?

—¡Gibraltar español!

—Ah, je, je —sonrisa de «para esa tontería no me interrumpas»—. El tal Tariq fue uno de los conquistadores árabes de la península junto con el moro Muza. Y en español hay muchos otros restos de este yabal árabe. Por ejemplo, la sierra de Javalambre o el río Jabalón, posiblemente tengan su origen en yabal. Lo de sierra de Javalambre, se acerca así a los tautopónimos de los que hablé un día.

A mi hermano le basta con haber dicho algo alguna vez para dar por hecho que la gente, primero, ha estado presente en el momento de la exposición, y, segundo, que se acuerda. Luego siguió con el tema jabalino o suido:

—Eso sí, la jabalina del atletismo no tiene nada que ver con jabalí ni con jabalina, su hembra. La jabalina que se arroja viene del francés javeline que es como una lanza que se usa para cazar, un venablo, vamos (que, por cierto, viene de venari, que en latín es ‘cazar’; de ahí lo de venado, que es, pues, algo así como ‘cazado’). A su vez javaline viene del céltico gabalos que era un arma tipo lanza o tridente como el de Poseidón. Por tanto la palabra jabalina que se refiere a la hembra del jabalí y jabalina referida al objeto arrojadizo son palabras… —y se quedó en suspense o nota musical si (sin tilde a pesar de ser tónica) para que completara sus palabras la audiencia.

—¡Agh!, eso debería saberlo —se lamentó Quero. Mufo y el Galgo se miraban perplejos.

Mi hermano dio una pista:

—La cuestión es si jabalina es una palabra polisémica o si las dos palabras son homónimas.

—Ah, eso —dijo Mufo con sorprendente suficiencia—. Son homónimas porque tienen origen distinto. Y en el diccionario se separan con numeritos.

—Exacto. Muy bien, Mufo. Te estás convirtiendo en un lexicólogo en toda regla

Adelanto del capítulo 9 de la Séptima parte

—Uy ¡quién te ha visto y quién te ve! Cómo cambia la gente ¿No decías que el amor es solo química?

—Sí, cierto, pero ahora he estado pensando y me he dado cuenta de que depende de con quién estés esa persona puede despertarte unas hormonas y unas reacciones químicas determinadas y es precisamente la apropiada armonía y la perfección de esa excitación de las adecuadas reacciones químicas lo que se llama amor. También en un piano no se hace más que golpear unas teclas (pura física), pero dependiendo de quién lo haga puede obtener o no las más bellas melodías que nos trasladan a otros mundos.

—O sea que ahora estás en otro mundo.

—Bueno, yo siempre he dicho, sobre todo antes, que cuando uno empieza una relación es como una cometa, que vuela por los aires. Y para eso están los amigos, para dejarte volar, pero siempre sujetándote con la cuerda para que no te pierdas por el aire. Es el famoso efecto cometa.

—Ja, ja, ja. Y lo de las reacciones químicas se te ha ocurrido ahora justo con esta shica, ¿no?

—No. Se me ocurrió el otro día viendo un capítulo de Bones.

—Ja, ja. Te has vuelto sapiosexual.

—Siempre lo he sido.

—¿Qué es sapiosexual?

—Una cosa que sale ahora en los periódicos y que se ha puesto de moda, como lo de metrosexual, tecnosexual o lumbersexual. Resulta que ahora está de moda que la gente se fije en el interior de las personas y en su inteligencia más que en el físico.

—¿Qué pasa, que antes las personas solo buscaban zopencos?

—Pues sí.

Adelanto del capítulo 19 de la Segunda parte

Se fueron a un garito de primera hora. A mi hermano le bastaron escasos minutos en ese sitio para saber el efecto que tenía su camisa de alta eficacia con los pantalones rojos: ¡atraía a las viejas! Bueno, siendo más correcto a las chicas algo mayores que mi hermano, es decir, de entre 35 y 40 años. Se le acercaron varias. Él, habiendo escarmentado, se cuidó mucho, por muy guapas que fueran, de no preguntar por qué estaban solteras a su edad, para evitar que le dijeran que estaban viudas.

Fue la vez que más claramente se vio el efecto de la combinación. Tanto fue así, que Quero le preguntó:

—Pero ¿qué te pasa hoy con las cougars?

Y mi hermano confesó lo de los pantalones.

—Ja, ja. Lo de que a las venezolanas les gustaras con los pantalones amarillos con la camisa azul podía colar porque igual los colores les recuerdan a su bandera —razonaba el Galgo—, pero ¿por qué les iba a atraer a las matures que lleves pantalones rojos?

—Y yo qué sé, igual les recuerda que se les acerca la menopausia y les entra la presión.

—Ja, ja. ¡Qué bestia!

—O igual es que los pantalones rojos parecen de ricachón —propuso Mufo.

—Ja, ja. Pero ¿es la primera vez que te pasa? Porque igual es por algo de la bandera de Cantabria.

—Eso sería si llevara camisa blanca, ¿no? Y me serviría también para ligar con polacas.

—Y con groenlandesas, ja, ja. Según vas ahora, si la teoría vexilológica es cierta, podrías ligar con eslovacas, eslovenas, rusas, quizás checas y chilenas.

—Me faltaría el blanco.

—Bueno, el blanco lo pone tu cara, que no es que seas muy moreno que digamos.

—Como mucho ligaría con liechtensteinianas, haitianas o con birmanas nostálgicas. De hecho, ahora que me acuerdo, ¿sabéis lo de Haití y Liechtenstein? Que descubrieron que sus banderas eran iguales en las Olimpiadas…

—Juegos olímpicos —le corrigió Quero—. La Olimpiada es el lapso de tiempo entre unos juegos y otros.

—Cierto, perdón. Pues descubrieron que las banderas de ambos países eran iguales en los Juegos Olímpicos de 1936 en Berlín, los de Jesse Owens, y para distinguirlas decidieron poner una corona en la bandera de Liechtenstein. Pero, vamos, que lo de hoy es exagerado. O ha venido una excursión del IMSERSO de Liechtenstein o algún efecto raro tienen mis pantalones en las maduritas cántabras.

Al margen de estas reflexiones vexilológicas, la noche también dio para que mi hermano hiciera otra de las suyas. Cuando bebe lo suficiente, mi hermano empieza a dirigirse a todo el mundo diciendo «tú, tú» (quizás producto de que el alcohol le libere de su manía de llamar de usted a la gente en general). También dice mucho «¿sabes qué pasa?» cuando bebe, como para dar emoción a lo que va a decir. En esta ocasión estaba abusando exageradamente del «tú, tú». Tanto que él mismo se dio cuenta y le dijo a una de las maduritas que le rondaban, con la que hablaba en ese momento y a la que no paraba de decir «tú, tú»:

—Oye, perdona que te diga tanto .

La madurita, algo enojada y confusa, contestó:

—Oye, que te saco unos años, pero me puedes tratar de tú, no vayas a tratarme de usted. Ni se te ocurra.

—Ah, no, si no digo eso. Es que cuando bebo digo mucho «tú».

Todo arreglado.