Ley de Murphy vs. La regla de los 3 segundos… ¿o 5?

Esta es otra escenita de mi hermano, cometida en este caso en Candidia, un fin de semana que fueron los de Roldana a casa de Alfonsito, el de «sois mis mejores amigos».

La segunda noche, a la salida de la discoteca de turno, mi hermano se quedó con un par de chicas, una con la que estaba flirteando, de nombre Natalia (para variar) y encima vasca, y la otra una su amiga, que seguramente quería flirtear con alguno de los amigos de mi hermano. Por un motivo o por otro, acabó quedándose solo con ellas dando un paseo en busca de algún sitio de desayuno, paseo que terminó llevándoles hasta el edificio de Alfonsito. Allí mi hermano vio que Alfonsito y Óscar estaban asomados al balcón (un tercero) con un trozo de pizza cada uno en la mano. Hambriento como estaba les impetró que le tiraran algo de comida. Ellos sin pensárselo dos veces le tiraron un trozo de la pizza que se estaban comiendo. Por su forma, los trozos de pizza tienen un vuelo irregular y son difíciles de atrapar, de tal manera que el trozo cayó al suelo (por la parte del queso, por supuesto, que la ley de Murphy también se aplica a las pizzas). Mi hermano, que es de los que creen en la regla de los tres segundos, esto es, la regla que afirma que las bacterias no pasan a la comida si no están en contacto con la superficie infectada más de tres segundos, cogió el trozo, le quitó un poco el polvo y le dio el primer mordisco. Ipso facto, es decir, por el mero hecho de hacer eso, arriba en el balcón se empezaron a reír con sonoras carcajadas. Mi hermano levantó la vista y protestó:

—¡Cabrones! ¿Qué le habéis echado? —como si el haberse estrellado el queso contra la acera de la calle no fuera nada comparado con lo que le podrían haber hecho a la pizza Alfonsito y Óscar.

Y estos se rieron aún más. Por suerte, las chicas no se estaban enterando de mucho y no se dieron cuenta de la marranada de mi hermano ni llegaron a comer de la pizza. Desde luego, para mi hermano aquello era un manjar más suculento que las cacas de perro que comía de pequeño.

Al día siguiente le contaron la historia a Chindas, a Fernando y a Sano, que en aquel momento estaban ya dormidos. Mi hermano se defendía acogiéndose a la regla de los tres segundos. Óscar decía que sí, que incluso él había oído que eran cinco segundos, pero que esa regla no se aplica a cosas que tienen queso y a las que, por tanto, al caer al suelo de la calle, se les pegan pelos y demás, permaneciendo en la comida luego muchos más segundos. A mi hermano a quien la suciedad no le importaba tanto, porque eran más bacterias para su estómago, pero al que sí le daban mucho asco los pelos, al oír aquello le dieron bascas y profirió:

—¡Puaghhh! Pero bueno, es que no se podía quedar ahí.

—La chica debió flipar —dijo Óscar—. No creo que luego te quisiera besar.

—Bueno…

comida

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