Tirar la llave al mar literalmente (adelanto del Capítulo 1 de la Sexta parte)

Cuando entrando en el País Vasco, mi hermano pegó un respingo al entrar, y tuvo la misma sensación que se tiene en el bajo estómago cuando se pasa sobre un bache o un cambio de rasante a mucha velocidad o cuando, yendo a Favencia, se atraviesa el arco que indica el paso del Meridiano de Greenwich mientras justo suena en el coche el subidón de un temazo como Pursuit of happiness.

Al notárselo, ya mosqueados por la recurrencia de sus lamentos vascos, considerando que no era broma, Quero le preguntó:

—Pero ¿tú no habías tirado la llave al mar?

—Sí, y además literalmente.

Mufo, que no se había llegado a enterar de la historia en su momento, pero que conocía la tendencia lanzallaves de mi hermano preguntó:

—Ah. Que no me enteré. ¿Al final tiraste la llave al mar?

—Sí, a ver. Hubo una época en la que lo estuve dejando con la vasca y prometía que ya no iba a volver con ella, pero luego recaía sin remisión.

—Sí, en tu época de lingüini.

—Je, je. Y acuérdate que cada vez que lo dejaba decía que había bajado la persiana. Pero, claro, cuando volvía con ella, por ejemplo, le decía a Yago —otro amigo del grupo del barrio— que es que las persianas se pueden subir. Por eso, para que me creyera la gente la siguiente vez decía que había cerrado la persiana y la ventana y luego empecé a decir que también la puerta y que había cerrado todo con llave y que había tirado la llave al mar.

—Sí, pero, vamos, que eras un lingüini. Porque luego volvías —le recriminó el Galgo.

—Es que me insistía mucho.

—Ya, ¡vaya morro!

—Y cuando ya lo tenía todo controlado fue el día de las margaritas.

—Es verdad, ¿cómo fue eso? Que estuviste tres días sin aparecer por casa, ¿no?

—Ja, ja. Fue un día que cenamos en un restaurante mexicano y nos dio por pedir jarras de margarita. Sobre el nombre de margarita, por cierto, hay varias leyendas. En todas ellas el nombre lo puso el creador en homenaje a su enamorada que se llamaba Margarita y que o era muy hermosa o había muerto en infaustas circunstancias. No es tan claro como lo de la pizza Margarita, que la hizo un cocinero de un restaurante napolitano en honor a Margarita de Saboya…

—Venga, hombre —le cortó Mufo—. Al grano. No te líes y sigue con la historia.

—Ah, pues resulta que pedimos tres jarras entre seis, creo, o sea que tocamos a media jarra cada uno, sin darnos cuenta de que era casi todo tequila. Esto se puso de manifiesto en el precio, porque cuando nos vino la cuenta resulta que cada jarra costaba 30 napos. Así que solo en margarita nos dejamos 90 euros, que era casi la mitad de la cuenta….

—¡Arranca!

Entre las historias secundarias que endosaba y lo lento que hablaba por ir al volante, la gente se iba impacientando.

—…Y la cosa fue que con lo tocados que íbamos, me encontré a esta shica en una discoteca. Esto era un viernes, ¿no? Pues llegué a mi casa el martes porque había puente. Desde entonces tengo cuidado con el margarita, ¿o la margarita? Yo creo que el.

—Ja, ja, ja. Pero estuviste tres días fuera porque estuviste en su casa, ¿no? No es que estuvieras tres días de fiesta con el efecto de los margaritas.

—Sí, sí, claro, que el tequila no da para tanto. Pero sí da como para hacerte volver a caer con una ex, porque yo creo que es afrodisíaco.

—Anda, eso te lo has sacado de la chistera. Menudo triple.

—No sé. —Y le salvó tener otro tema pendiente—: Pero ahora estábamos con lo de la llave.

—Cierto.

—Pues un día en Roldana, cuando ya lo tenía superado, me di cuenta de que entre mis llaves aún conservaba la del portal de esta shica y le dije a Chindas que por qué no me grababa tirando literalmente la llave al mar en la puerta de Valhalla. Y así hicimos, con algunas complicaciones, como que nos interrumpiera el primo de unos amigos, por lo que nos llevó varias tomas. Al final, después de pronunciar unas hermosas y emocionadas palabras, la tiré de espaldas al mar, como le dijo Ino a Ulises que tirara su velo, y Chindas, mientras, me grababa de frente. Pero al tirarla no oí el ruido de la llave cayendo al agua y empecé a rayarme pensando que no había conseguido tirarla al mar, que se había quedado en la arena, y le dije a Chindas que eso era una señal. Chindas decía que había visto perfectamente la llave cayendo al mar. Luego cuando al día siguiente vimos el vídeo llamaba la atención la cara de tristeza con la que aparecía yo. Le dije a Chindas que en verdad no lo había superado.

—¿Y ahora ya los has superado?

—Bueno, sí, pero aún me derrumbo cada vez que oigo algo relacionado con el País Vasco, je, je.

—¡Qué pesadito!

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